Cada vez que me despierto, siento algo diferente. Ya sean las primeras luces del sol de verano o el grisáceo cielo en los días más fríos, el olor del mar trepando suavemente por mi ventana junto al suave murmullo de las olas, el aroma a menta del bosque una vez que la lluvia ha atravesado todas sus hojas; es un nuevo día que comienza. Otra cosa, tengo que reconocer, es el hecho preciso de levantarse. En los días de verano es normal que quiera salir corriendo, lejos de ese calor humeante que penetra en todos los resquicios de mi cuerpo y de mi pieza; a diferencia del invierno, en que digo "unos cinco minutitos más" para acostumbrarse al frío y claro, me quedo profundamente dormida o me meto en el computador, lo que como consecuencia, solo logro volver a la realidad nuevamente cuando miro el reloj y me acuerdo de que tenía una hora importante y es como si una ola me golpeara la frente. Todo se viene de golpe: el desayuno, ¿qué me voy a poner para ir? (seguido luego por la inevitable pregunta de si lo que tengo pensado lo tendré limpio o no; si no, reviso cien mil veces el closet hasta que encuentro la ropa adecuada), de cuánto tiempo tengo para llegar al paradero de la micro y si alcanzaré a llegar a la hora al otro lado. Primero, la ducha y después todo lo demás, especialmente si es que voy de camino a una entrevista o tengo una hora al doctor.
Si por otro lado, no tengo apuro, voy y me preparo el desayuno...quizá será en la pieza, en la cocina o el comedor y me relajo. Pondré algo de música, como la que escucho ahora, y si estoy con ánimos, escribiré un rato en el computador o simplemente juego hasta que llega ese momento en que ya no es posible estar un minuto más en la cama porque el cuerpo me dice que ya es suficiente de flojear y hacer algo más movido.
Un pie se levanta como si pesara una tonelada y después fluye una energía que me hace tirar todas las sábanas lejos y escapar como si un lobo me estuviera persiguiendo.
No comments:
Post a Comment